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ARMANDO ALMADA ROCHE


  UNA NOVELA TOTAL - Por ARMANDO ALMADA-ROCHE - Domingo, 16 Octubre de 2011


UNA NOVELA TOTAL - Por ARMANDO ALMADA-ROCHE - Domingo, 16 Octubre de 2011

UNA NOVELA TOTAL


  Por ARMANDO ALMADA-ROCHE

 

 

No hace mucho se presentó en Buenos Aires, en el salón Elvio Romero de la Embajada paraguaya para ser precisos, la novela de Juan Manuel Marcos El invierno de Gunter, en su segunda edición (Criterio Ediciones), después de haber sido presentada en los Estados Unidos y Francia, y ha sido estudiada, traducida y premiada en distintos países de América, Europa y Asia. Su presentador fue el catedrático de Nueva York Tracy Lewis, el mismo que la tradujera al inglés. Al evento asistió un numerosísimo público entre quienes se destacó la presencia de escritores (Gilberto Ramírez Santa Cruz, Ricardo Rubio), músicos (Enrique Llopis, entre otros), poetas y actores, en su mayoría de la colonia paraguaya. 
Sabía de mentas que la novela había andado muy bien de ventas y, fundamentalmente de críticas, pero nunca había caído en mis manos hasta ahora. Creo, me atrevería a afirmar, que llegó a mí en el momento preciso. ¿Por qué digo esto? Porque cuando la quise leer no pude por distintos motivos. Luego, pasó el tiempo, se agotó la primera edición y se borró de la lista de libros que debía adquirir. Sin embargo, me quedó un gusto amargo por haberla perdido, ya que tenía gran curiosidad por leerla debido al éxito obtenido y por los comentarios de amigos que me instaban a que la leyera. A pesar de todo, ninguno de ellos se dignó a prestármela por aquello de "libro prestado, libro perdido". Esto incentivó más mi curiosidad. Curiosidad (de lector empedernido, y más de escritores paraguayos) que no fue satisfecha hasta hoy.    

Un famoso desconocido   

¿Quién no conoce al Dr. Juan Manuel Marcos en el Paraguay? Es una figura de quilates y de prestigio brillante del mundo académico universitario, cuya fama ha trascendido, allende los mares, en los Estados Unidos, España y Francia, por citar solo algunos de los países en donde se lo honra y reconoce. Él, a pesar de su renombre, posee un bajo perfil, como se dice ahora; hombre austero, poco afecto a la publicidad, dedicándose más bien a su metier —la literatura y la escritura— de manera silenciosa poniendo su pasión y su talento al servicio de la creación literaria. Es un ejemplar de la universidad, un erudito de la enseñanza, ya que en la actualidad ejerce el cargo de Rector de la Universidad del Norte, la casa de altos estudios más afamada del Paraguay. Pero no quiero hablar del universitario, del maestro, sino del escritor, del novelista. Me interesa su historia de escritor.    

Juan Manuel Marcos viene de la poesía, de la mejor poesía. Luego escribió canciones para música, formó parte del Nuevo Cancionero Paraguayo, incursionó en el ensayo, el teatro; en una palabra, es un autor todoterreno, según está de moda decir. No es un recién venido. Su trayectoria es de larga data. Es auténticamente un hombre de letras (prefiramos "hombre de letras", que viene de Voltaire y de su época, a "intelectual", término demasiado genérico e impreciso). Escribiendo y siempre escribiendo. Haciendo y rehaciendo su novela. Años de vigilia, años de persecuciones en los tiempos crueles de la dictadura, años de exilio. En medio de su vivir errante, de su amargo ostracismo, no claudica su pluma; todo lo contrario: se potencia, se enriquece, se aquilata. Su pulso se vuelve firme y su escritura se llena de fuerza. Ya he dicho: escribe y reescribe su obra. Primero la tituló Querida Verónica. No contento con lo escrito, agrega y quita escenas, corta, pega, como un director de cine en su moviola haciendo el montaje definitivo. Para Juan Manuel Marcos nada era definitivo. Nunca estaba conforme con lo escrito. Limaba, pulía.    

Así nació El invierno de Gunter, la novela que perdí y después de muchos años pude leerla. La leí de un tirón, de una sentada. Me cortó el aliento, me deleitó, me asombró. Y eso que yo, modestia aparte, estoy acostumbrado a leer libros y más libros por mi oficio de periodista literario. Borges —que algo sabía de libros— solía aconsejar: "Si lee un libro y no puede pasar de la primera página, tírelo". Duro pero real. Stevenson afirmaba que hay una virtud sin la cual todas las demás son inútiles; esa virtud es el encanto. Los largos siglos de la literatura nos ofrecen autores mucho más complejos e imaginativos que Wilde, por ejemplo; ninguno más encantador. Lo fue en el diálogo casual, lo fue en la amistad, lo fue en los años de la dicha y en los años adversos. Sigue siéndolo en cada línea que ha trazado su pluma. Desde la primera línea, El invierno de Gunter atrapa, y uno no se puede escapar.    

Lo amargo y lo piadoso    

El profesor Tracy Lewis, su prologuista, marca lo que significa el encanto de esta novela, que ya está marcando un hito en la literatura del Paraguay: "Hace ya más de veinticinco años que Juan Manuel Marcos me honra con su amistad, y más de veintiuno que me dedico al estudio gozoso de su novela El invierno de Gunter. Y no debe sorprender a nadie que este aprendizaje de una obra literaria haya durado tanto tiempo, ya que Gunter es de esas narrativas que se aferra del lector con la primera página y deja una impresión de por vida, invitando, como el mar, a reiteradas exploraciones. Empiezas a leer, ¡y ya!, pasan páginas y años de embeleso. (…) Pero conste que no es solo al deleite que la novela nos invita. Más allá de la trama arrobadora, nos abre un mundo de hondas inquietudes, de comicidad magistral, de insondables solidaridades con fuerzas históricas y cósmicas y de posibilidades estéticas…". Esta es la opinión de uno de los más serios analistas de la obra. Así, por ejemplo, José Vicente Peiró Barco apunta: "… La novela revela una riqueza temática y estilística que, hasta 1987, el año de su publicación, había sido difícil de encontrar en su país, y que la temática es extrapolable a la universal…".    

Por lo que sabemos, cada oración que Juan Manuel Marcos pone en su novela ha sido limada y templada, cada escena de su peculiar obra ha sido imaginada con probidad. En su exilio redactaba, releía, tachaba, amplificaba, reponía, quizás hasta arrojaba al fuego. Podríamos definirlo como realista, pero ese realismo no excluye lo quimérico, lo sardónico, lo amargo y lo piadoso. Cada escritor siente el horror y la belleza del mundo en ciertas facetas del mundo. Su Paraguay, que ama con cariño y con ironía, Juan Manuel Marcos descubre y revela la psicología del hombre paraguayo con singular intensidad. Conocemos a escritores anteriores, conocemos a Gabriel Casaccia, a Roa Bastos, a Elvio Romero, a los del siglo XX, que ya pasó. También conocemos a los contemporáneos, y bien podríamos armar una antología. Hay, seguramente, nombres que las generaciones venideras no se resignarán a olvidar. Uno de ellos, sin lugar a dudas, el de Juan Manuel Marcos.    

Como el colombiano Gabriel García Márquez, que por la virtud de sus lecturas llegó a escribir Cien años de soledad, Marcos, antes de ejercer y enriquecer la literatura paraguaya, fue un fervoroso lector. No retrocedió ante la prisión, la tortura y el exilio. Le tocó en suerte  Estados Unidos, el más democrático de los países. Le tocó en suerte el pos-boom, que no debemos desmerecerlo. Convalidó su palabra. Así, pues, la palabra no solo es el instrumento de trabajo del escritor, sino que es el escritor mismo. Algo así como si para poder existir Juan Manuel Marcos tuviera que nombrarse a cada instante.    

La escritura de Juan Manuel Marcos tiene dos vertientes bien marcadas, la poesía y el ensayo, ya lo dijimos. Si se tiene en cuenta que nació en 1950, su obra puede considerarse abundante. Hoy es el novelista paraguayo de mayor renombre, pues, aunque sus ensayos son más numerosos que sus libros de poemas, resulta fundamentalmente un novelista.    

Yo el Supremo   

En el agudo análisis de José Vicente Peiró Barco se destacan las corrientes centrales de la novelística de Marcos: "La obra presenta una gran cantidad de recursos roabastianos. Es notable la influencia de este autor, al que Marcos ha estudiado con gran profundidad. Están inspirados en los juegos de palabras como "revelaron", "Caídos del Valle de la Muerte" (27), el uso borgiano de los paréntesis, la inclusión de mayúsculas en transcripciones de palabras de personajes ausentes, y el cruce de transcripción de citas literalmente copiadas con el discurso narrativo. Incluso hay una referencia a uno de sus relatos de El trueno entre las hojas cuando Gunter encuentra a un "viejo señor obispo". La complejidad estructural y la incursión de diversos narradores nos llevan a pensar en cierta influencia de Yo el Supremo, lo que se observa también en tema de la irreverencia ante el discurso histórico heredado. Además hay una obvia influencia de Roa en la reflexión sobre la escritura y su complejidad. Existe también una coincidencia con Roa en la valoración de los mitos. El del tigre justiciero, unido a la misteriosa máscara del teatro, del asesino del brigadier, es el reflejo del mito colectivo: de la sombra inexplicable para una mentalidad racional que, sin embargo, algunos creen ver. El mito es un proceso mental, y solo el hombre puede combatirlo hoy en día con la inteligencia racional, pero no con la sustitución por otros mitos modernos".   

En el título de este trabajo decimos que El invierno de Gunter es una novela total. En medio de una narración del tipo policial surgen tramas políticas, filosóficas, resonancias mitológicas guaraníes, despiadada crítica social, retazos de historias del pasado con historias de hoy, peripecias amorosas y eróticas y un sinnúmero de interpolaciones intertextuales, y agudas reflexiones literarias. Es además una suerte de collage, de un mural en donde se mueven los personajes —reales, de carne y hueso, no de mera ficción— en medio de un ritmo cinematográfico, eficaz. Los flash-backs que utiliza, los distintos planos que muestran a los protagonistas y el lenguaje vienen del cine. Esta novela también es película. Hay un crimen, hay amores, traiciones, ajuste de cuentas. Juan Manuel Marcos es un consumado director del montaje. Corta, pega, pone, saca, utiliza con maestría la técnica del cine.    

¿De dónde viene Juan Manuel Marcos? ¿Cuáles son sus influencias? "¿Hijo de quién es?". Desde luego que es "hijo de alguien". Me atrevería a afirmar que su estilo viene del Quijote, si me apuran un poco diría que de la Biblia (cuyo nombre griego es plural, significa ‘los libros’), de Vidas imaginarias, de Marcel Schwob; de la literatura burlona, cuyo antecedente más inmediato estaría en aquel cura de York, Laurence Sterne (1713-1768), autor de La Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy (1760); de Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante; del folletín de Manuel Puig, Boquitas pintadas; de Felisberto Hernández; de Hemingway; de Faulkner; de John Dos Passos; de Borges, de Rulfo; de La edad de la razón, El aplazamiento, La muerte en el alma, de Jean-Paul Sartre; de Paradiso, de Lezama Lima; de Juan Carlos Onetti; de García Márquez; de García Lorca; de Juan Ramón Jiménez; y, naturalmente, de Roa Bastos, de Gabriel Casaccia.    

Una prosa invadida de poesía   

Es oportuno anotar aquí lo que dice la prestigiosa periodista y escritora Lita Pérez Cáceres: "Gabriel Casaccia y Juan Manuel Marcos, dos escritores paraguayos, tienen, además de la nacionalidad, otros elementos en común. Vivieron mucho tiempo fuera del Paraguay. Casaccia ya no volvió, Marcos sí. La obra de ambos ha trascendido las fronteras de la mediterraneidad. Son de los pocos exponentes de nuestras letras que han atraído la atención de estudiosos, traductores y editoriales extranjeras. Uno y otro nos han retratado con la ayuda invalorable de la distancia, con esa lejanía que favorece la objetividad, sin el chantaje de cualquier melcocha sentimental.    

"Casaccia y Marcos han actuado como precursores dentro del desarrollo de la novelística paraguaya. El autor de La Babosa inaugura con su crítica realista una nueva era para la literatura paraguaya, al estampar en sus páginas seres imperfectos, ignorantes, dementes y capaces de cometer todo tipo de delitos para lograr sus objetivos. Casaccia terminó con el mito del paraguayo noble, valiente, idealizado. El invierno de Gunter es la primera novela paraguaya inscripta dentro del pos-boom. Publicada en el Paraguay, en 1987, cuando aún el lector paraguayo no había conocido esa estética ni esas técnicas narrativas. La riqueza conceptual de la obra va pareja con una prosa invadida de poesía".    

Casaccia y Roa, repetimos, consiguen, al instalarse en Buenos Aires, una mayor amplitud temática y las posibilidades de difusión que, de haber permanecido en el Paraguay, no hubiesen podido lograr. Basándose en ello, Roa ha considerado que el exilio permitió el desarrollo de una narrativa paraguaya de calidad. Sin dejar de creer en esta afirmación, vistos los resultados irrefutables.    

La novela tiene, ya lo hemos recalcado, mucho humor burlesco y farsa. En todo caso, la farsa, la burla, la destrucción del lenguaje, la tragedia de querer formar parte de la realidad, pero escapar de la realidad para escribir solitariamente, forman el tejido de la literatura de Marcos. Quizás no se entienda del todo —si es que ciertamente es inteligible de alguna manera distinta a la puramente lúdica, intelectual, requeteculta— a Marcos, sin ponerle atención a un aspecto biográfico que le molesta como algo sucio en el ojo izquierdo: su destierro en los Estados Unidos. De esta decisión involuntaria, como él repite, forzada por circunstancias políticas y culturales, como es perfectamente demostrable, nace su obra principal —única por ahora—, la novela El invierno de Gunter.    

Hace unos pocos días conocí en Buenos Aires a Juan Manuel Marcos. Lo recuerdo como un hombre sereno y amable, muy lúcido, de buena y no efusiva conversación y muy carismático. No frecuenta, según nos dijo, ningún mundillo literario ni capillas. Descree de la farándula, de los chismes literarios, de lo chabacano, a veces de rigor, de la moda. Con pareja imparcialidad, descree de la fama "que es puro cuento". Todo esto se confirma en su libro que estamos comentando, no por antojo sino por deuda y justicia. Nos asombra con el conocimiento que posee de las universidades de Yale y Harvard de los Estados Unidos, en donde estudió y fue profesor. Por aquellos años no sospechaba lo que los claustros del país del Norte le darían o, de manera generosa, ya le había dado. Admira las obras de Agatha Christie y acaso de los maestros del policial negro: Dashiell Hammett y Raymond Chandler, James M. Cain, Nicholas Blake, Patricia Highsmith, Ellery Queen.    

Me siento justificado y feliz. Estoy seguro de que el lector de su novela compartirá esa gratitud. Como el de Casaccia o el de Roa Bastos, el descubrimiento de Juan Manuel Marcos es una de las perdurables felicidades que puede deparar la literatura. Vuelvo a citar a Lewis: "Sentate, lector. Respondé al llamado. Disfrutá".    

Letra escrita   

Que yo sepa, Marcos no trabaja en función de ninguna causa y no se ha afiliado a ninguno de los pequeños ismos que parecen fascinar a las cátedras y a los historiadores de la literatura. Deja fluir su imaginación, para deleite suyo y para deleite de todos.    

Tenemos, pues, que Juan Manuel Marcos es en primer lugar profesor; en segundo lugar, militante político y exiliado; y en tercer lugar, escritor. Esta tercera dimensión es la que lo ha convertido en uno de los actores principales de la inteligencia paraguaya en lengua castellana.    

La motivación central de la escritura de este hombre tranquilo, brillante, profundo, arranca de la preocupación por la vida humana, por explicarse la existencia del ser paraguayo. Hurgando en su propia razón de existir, en su vida, investiga también al hombre total, al universo, a la cultura que conforma a la humanidad. Resulta evidente que ha convertido en obra literaria los dos acontecimientos principales de su vida: el exilio y el desarraigo. Porque en sus ensayos y en sus poemas y, fundamentalmente, en su novela, las vuelve y revuelve ambos asuntos con insistencia, con fuerza, como si quisiera liberarse y al mismo tiempo quisiera no apartarse de las dos obsesiones.    

La creación literaria de Marcos, su originalidad, se encuentra en la modalidad de los personajes, en la manera de conversar, en el modo de moverse o de estarse en un lugar; es decir, en las palabras que se escriben y pronuncian a lo largo de El invierno de Gunter. Resulta que esta literatura lo es en el más genuino de los sentidos, la literatura, letra, letra escrita, leída, hablada, lenguaje, posición del lenguaje, hechura del lenguaje, incluso cuando se cierra en sí mismo, en clave solo para iniciados y tal vez en un idioma que comprenden solamente ellos, los personajes, y quien, quieras que no, los inventa, los sopla, los manipula, que es Juan Manuel Marcos.    

Nuestro escritor es un realista, no cabe duda. Sus murales paraguayos sacan a la luz del día tristes y podridas historias del Paraguay. Pero el lector sigue las aventuras con inusitado interés, un poco cómplice, un mucho prendido del lenguaje, amarradas el alma y la atención a esta literatura, a este novedoso y complejo lenguaje, desenterrador de historias, deslumbrador de emociones, conciencia de los pueblos latinoamericanos.

 

Fuente:  www.abc.com.py

Suplemento Cultural de ABC Color

Domingo, 16 Octubre de 2011

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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